Hace tiempo leí un libro titulado “Sociedades comparadas” de Jared Diamond. En la portada reza “Un pequeño libro sobre grandes temas” y es cierto tiene apenas siete capítulos dedicados cada uno de ellos a un tema de importancia, al menos en mi opinión. He releído el primero que se titula “Por qué unos países son ricos y otros pobres: el papel de la geografía”.

Es curioso porque siempre que se habla de estos temas el enteradillo de turno afirma con total aplomo que los países pobres son pobres porque los países ricos los han esquilmado. Y aunque esto es cierto, quiero decir lo del expolio, que los europeos hemos ido arrasando (no lo niego), creo que esta no es la explicación.

En primer lugar la riqueza no es un juego de suma cero: esto quiere decir que no necesariamente si yo tengo comida y un hogar donde refugiarme del frío, necesariamente otro ser humano tenga que pasar hambre y dormir a la intemperie. Si es cierto, sin duda, que si un político se corrompe y mete la mano en la caja, ese dinero no irá a hacer carreteras o escuelas, pero no es el caso de lo que trato de explicar. Seguramente, y así lo afirman algunos entendidos, hay recursos para que todos podamos vivir dignamente, lo que falla es no ya el reparto (que también), sino más bien el acceso a las oportunidades y sobre todo a la educación.

Bueno pues Jared Diamond nos razona en este libro que la causa, o una de las causas fundamentales es la situación geográfica: los países ricos siempre están situados en las zonas templadas del globo. Parecería que en los trópicos, y más aún en el ecuador, el clima  debería favorecer una agricultura rica con posibilidad de más de una cosecha al año. Pero esto se demuestra que no es así, al contrario en estas latitudes los suelos suelen ser más pobres (menos profundos) que en las zonas templadas del globo. Y esto lo atribuye Diamond al hecho de que éstas sufrieron repetidas glaciaciones que configuraron terrenos profundos y ricos (el autor cita el valle del Po como ejemplo, aunque evidentemente hay muchos otros).

El libro parece el fruto de una tesis o un estudio universitario, pero esto no le resta atractivo en absoluto… seguiremos informando.


 

He leído “El Gen. Una historia personal” de Siddhartha Mukherjee. Mukherjee vive y trabaja en Nueva York: es oncólogo y profesor universitario. Después de ganar un Pulitzer en 2011 por “El emperador de todos los males”, ahora nos introduce en el mundo de la genética, pasando revista a todos los avatares históricos de esta disciplina, desde los comienzos hasta la actualidad.

El libro tiene como subtítulo “Una historia personal” y es que el autor utiliza como hilo conductor la propia historia de su familia, con varios casos de enfermedades metales. Supongo que con esto pretende hacer mas digerible un tema arduo como lo es la genética, dandole un toque más humano. En mi opinión, este aspecto personal es lo menos interesante del libro: no hace demasiada falta y si te va a resultar dura la lectura, creo la descripción de los males de sus parientes no va a mejorar tu percepción.

Por dar alguna pincelada de lo que más me ha llamado la atención: en primer lugar el siempre desconocido y relegado Mendel. Creo que es necesario reivindicar al pobre fraile con sus guisantes (verdes lisos o amarillos rugosos… o ¿era al revés?). Sentó las bases de las leyes de la herencia y casi nadie se acuerda (si lo hace Mukherjee en el libro que nos ocupa).

Otra pincelada: la Conferencia de Asilomar, que ya en 1975 nos muestra como la comunidad científica es consciente de la posible peligrosidad de algunos avances y como ella misma es capaz de autorregularse.

El libro es denso y exhaustivo. Es interesante destacar que no rehuye contar los casos en que los científicos metieron la pata por aplicar ciertas terapias con resultados nefastos o temas escabrosos como el de la eugenesia.


 

El billete de banco nació en Suecia en 1661, por lo que a Europa se refiere, porque unos ochocientos años antes ya existía en China. Como la pólvora, la brújula, el papel y no se cuantas cosas más (quizás también la salsa agridulce), todo se había inventado antes en China, a veces hasta con un milenio de diferencia.

El inventor al que nos referimos en Europa se llamaba Johan Palmstruch y aún no siendo sueco (era natural de Letonia), fundó el Banco de Estocolmo, eso sí con el beneplácito del entonces reinante Carlos Gustavo X.

Lo que hizo Palmstruch fue ofrecer a la gente la suficiente confianza para que esta le entregara oro u otros metales preciosos, a cambio de un recibo que garantizaría su devolución. Así este recibo se convirtió en lo que conocemos como papel moneda (aunque esta denominación haya caído un tanto en desuso).

Pero como suele suceder en cosas de dinero, el sistema se derrumbó cuando en un momento dado el banco no pudo devolver los depósitos por falta de liquidez… me recuerda a lo que pasaba en la película de Mary Poppins con el pequeño Banks de visita en el bando de su padre. Palmstruch acabó en prisión y además inhabilitado, pero eso sí, con el honor de haber introducido el papel moneda en Occidente. Parece ser que se produjo una gran recesión debido a que se habían impreso gran cantidad de billetes sin garantía efectiva (sin haber detrás un valor real, en metales preciosos supongo).

Todo esto lo he leído en un artículo de la National Geographic de Historia (en concreto en el numero 160) y ahora viene mi reflexión personal: no se puede gastar lo que no se tiene, ni inventárselo de forma más o menos creativa. Numerosas veces en el pasado el sistema se vino a bajo por reducir la ley de las monedas, es decir poner más plata y menos oro, por ejemplo, y seguirle llamando de la misma manera (denario, por ejemplo). No se sabe como pero la gente se entera y te pide más monedas para tener la misma cantidad de oro en una transacción y esto es lo que se conoce como inflación… y, claro, a partir de ahí el lío está servido.


 

Leí hace unos meses esta pequeña novela histórica de Toti Martínez de Leza.

Cuenta el sitio y caída de Vitoria ante los castellanos, cuyo rey era entonces Alfonso VIII y como el rey Sancho VII el Fuerte de Navarra viajó a Africa para pactar y casarse.

El protagonista (el mensajero del rey) es el joven Otxoa Izurra que por dos veces en su vida es portador de un mensaje del rey Sancho el Fuerte. La primera autorizando la rendición de los sitiados en Vitoria y la segunda, muchos años después, con la petición del emir de que no se sumase a las fuerzas del castellano para combatirle. Suponemos que esta petición fue desoída porque en 1212 la suma de las fuerzas cristianas vencieron a los musulmanes en las Navas de Tolosa.

El libro acaba con un capítulo, que es muy de agradecer en una novela histórica, en que la autora se molesta en indicarnos que es real y que ficticio en la novela. Ficticios son los personajes como la tía del rey de Navarra, doña Elvira, el propio Otxoa o el monje del monasterio de Leire, conocedor de remedios medicinales y poseedor del Libro de la Sabiduría, aunque como la propia autora señala, muy bien podrían haber sido reales.

Fácil de leer , ameno y bien documentado.


 

Leo en “El cuento del antepasado”, libro que ya comenté en otro post,  que según una fábula de Esopo, el conejo corre más que el zorro porque el conejo se juega la vida y el zorro solo se juega la cena.

Se trata de algo parecido a eso que cuentan en casi todos los cursos de management sobre el hecho de que en un plato de huevos fritos con chorizo, la gallina “solo participa” y el cerdo “se implica”… o algo así. La cosa es que en estos cursos creo que pretenden que nos identifiquemos más con el cerdo que con la gallina, por el bien de la empresa se entiende. Yo pienso que la postura de la gallina tampoco es que merezca nuestra crítica: da lo que tiene y, como dice el refrán, no debería estar obligada a más.

Siguiendo con lo del zorro y el conejo, el asunto me merece cierta reflexión: ¿corremos siempre detrás de algo, señuelo, premio, promesa, idealización de la realidad, enmascaramiento de la misma,…? Personalmente pienso que todos hacemos las cosas por algo, o dicho de una forma menos políticamente correcta, a cambio de algo… aunque ese algo sea simplemente nuestra propia satisfacción.

Me viene esto a la mente porque hace algún tiempo un amigo me comentaba la teoría del 100/0, que sería dar el cien por cien esperando el cero por ciento. ¿Hay alguien que realmente haga esto?, porque hasta la madre Teresa de Calcuta esperaba al menos la vida eterna.

Yo, en contra de la opinión de mi amigo, creo que las relaciones tienen que ser bidireccionales: la planta me obsequía con la belleza o la fragancia de su flor, pero si a cambio no le echo un poco de agua, va y se muere, la muy desconsiderada.


 

Hace unos meses leí “Ser feliz no es caro” de Miguel Angel Revilla. Este es el segundo libro que leo del controvertido político cántabro, antes fue “Nadie es más que nadie”.

Tengo que decir que con ambos he tenido una sensación ambivalente: no se si el autor es un personaje excelso o un villanete de poca monta. Lo digo porque como político tiene cosas que me gustan como que vaya a ver al rey en taxi en lugar de en coche oficial y cosas que no me gustan nada, como que siendo minoritario en votos le de exactamente igual con quien pactar para gobernar, eso si la condición es que sea él la cabeza visible del gobierno que surja. Pasa con frecuencia en la política española, sobre todo en los ayuntamientos, que termina siendo alcalde el representante con menos votos, pero que resulta ser decisivo.

Vuelvo al libro: la primera parte me ha gustado bastante hablando de lo que dice el título elegido: que efectivamente ser feliz no es caro. Añadiré yo que esto es verdad supuesto que tengas las necesidades básicas cubiertas. En una época de mi vida en mi casa se pasaron verdaderas dificultades económicas, era allá por la crisis del 73 y puedo decir que cuando te falta lo básico es difícil sonreír. Pero sí, en realidad las cosas buenas de la vida, como un bello atardecer o la sonrisa de tu nieto, no solo no son caras sino que son totalmente gratis.

Después el libro empeora, en mi opinión, porque pierde este hilo y empieza a hablar de todo y de todo mezclado, sin más criterio que al autor le apetece dedicar un capítulo a la corrupción política o a las anchoas de Santoña.


Homínidos

22May17

 

Hace unos días terminé de leer Homínidos de Robert J. Sawyer, que es un escritor canadiense de ciencia ficción bastante reputado y también bastante controvertido.

Bastante reputado porque ha sido premiado con el Hugo en 2003 y bastante controvertido porque tiene algunos planteamientos que se acercan a las corrientes creacionistas, o al menos eso parece… también cabe la posibilidad de que simplemente se trate de una especie de provocación, aunque si fuese tal el caso, creo que el autor debería dejar clara su opinión. A mi particularmente, y este es el segundo libro que leo de este escritor, me da la impresión que Sawyer es un creacionista disfrazado y que va dejando caer su doctrina como el que no quiere la cosa. En este sentido he variado un poco mi opinión respecto al autor, ya que cuando leí “El cálculo de Dios” me decantaba más por la opción de que era un provocador. Ahora es que me parece excesivo para que cuele.

Al margen de lo dicho y aunque parezca contradictorio por mi parte, tengo que decir que la lectura de este libro me ha planteado situaciones interesantes sobre las que reflexionar. Imaginar la posibilidad de un universo paralelo donde los que se hubieran extinguido fueran los Homo sapiens y los que hubieran evolucionado fueran los Neanderthales y especular sobre como serían las relaciones entre seres de esos dos mundos que pudieran encontrarse es, cuanto menos, fascinante.

 


 

Vaya por delante a todo lo que sigue que me parece estupendo que cada cual desayune lo que le venga en gana, hasta ahí podríamos llegar o que venga Dios y lo vea (que diría cualquiera de mis dos abuelas).

Lo que me pone un poco (bastante) de los nervios es la falta de rigor en la exposición de teorías e hipótesis sobre presuntas propiedades de algunos productos (sobre todo alimenticios, pero no solo).

Ojo, no digo que el producto en cuestión no tenga propiedades… evidentemente todo objeto físico tiene propiedades (peso, densidad, color, olor, sabor, textura…), incluso algunos pueden tener propiedades terapéuticas. Lo que digo es que esto, en general, no se comprueba con rigor (usando el método científico). Con frecuencia se apela a “un reciente estudio de la Universidad de…”, estudio que nadie lee y que en el mejor de los casos se hace con precisión aceptable.

Vayamos a un ejemplo: se ha puesto de moda el ajo negro. Se trata de un ajo al que se le ha sometido a un proceso de envejecimiento controlado que lo priva de su característico sabor fuerte y lo convierte en un elemento estrella para que se luzcan los gourmets, cocineros de prestigio, o simples aficionados.

Se nos dice que es buenísimo contra el cáncer. O sea que puedo estar cinco años desayunando ajos negros y si al cabo de ese tiempo no me ha dado un cáncer, la responsabilidad es del ajo… o por el contrario: ¿hay experimentos con ratoncitos que respalden la aseveración?. Si los hay no digo nada, pero mira que lo dudo.

En todo caso, para que el tema cale, es necesario que el producto en cuestión cumpla dos condiciones: 1) Venir de Oriente (China, es el origen ideal) y 2) Tener un precio al menos cuatro veces superior al equivalente local (el ajo blanquito de toda la vida).

Vamos, que si te gusta el ajo negro y lo puedes pagar, pues adelante con el desayuno creativo, pero no disfracemos el tema de lo que no es.


 

He terminado de leer “El laberinto de las aceitunas” de Eduardo Mendoza, al que recientemente le ha sido concedido el premio Cervantes. También recibió, entre otros, el Planeta  por “Riña de gatos” en 2010.

Me he resultado distraído y divertido, pero confieso que en el transcurso de una trama un tanto delirante, he perdido el hilo con una cierta frecuencia. Quizás se haya debido a una falta de concentración por mi parte, pero me da la impresión que quedan cabos sueltos por todos los lados y al autor no le preocupa, más bien es lo que busca. De entrada el protagonista tiene su domicilio habitual en un manicomio, esto bien podría explicar mi confusión mental.

Hace tiempo leí “Sin noticias de Gurb” de este mismo autor y me produjo, creo recordar, una sensación similar: me reí bastante, pero no llegué al fondo del asunto… o es que puede que no haya fondo, ni asunto al que llegar.

Lo que si hay que decir es que está escrito con una verborrea y una riqueza de expresión que, puesta en boca del chiflado que hace de protagonista, resulta divertido, a la par que confuso, absurdo, disparatado y un tanto surrealista. En algún sitio he leído que Mendoza tiene un estilo cervantino, quizás por eso le han dado el Premio Cervantes en este año 2017.

Sin duda su lectura proporciona un rato agradable, además algún gafapastas podría hablarnos de cierta crítica social o cosas por el estilo, pero no seré yo quien lo haga.


 

Terminé de leer este libro hace unas pocas semanas. Di con él en su presentación en Cartagena, en la pasada semana de la novela histórica de esta ciudad.

No se trata, creo yo, de novela histórica propiamente dicha, en tanto no es la historia de un personaje histórico propiamente dicho… perdón por las sucesivas redundancias.

El autor, Fernando da Casa de Cantos, nos presenta la trama en la que un médico, con algo de Peter Pan en su personalidad, se ve envuelto en el esclarecimiento del posible asesinato del conservador de pintura italiana del Louvre, el cual le dice “in articulo mortis” que “la Gioconda es falsa…” y aquí arranca una trama endiablada con constantes giros de guión (en mi opinión demasiados), basados en el hecho real (este sí) que fue el robo del cuadro en 1911.

La narración está cuajada de guiños a diversas hechos y personajes, aunque creo que en ocasiones el autor fuerza demasiado, como en el caso del poemita dedicado al coño (con perdón) que no se a cuento de que viene… no se crea que es mojigatería por mi parte, más bien es que me parece que Fernando da Casa de Cantos dio con él en algún sitio (probablemente en Internet) y se dijo para sí: “esto lo calzo yo en la primera novela que escriba”.

En general se lee con agrado.



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