Homínidos

22May17

 

Hace unos días terminé de leer Homínidos de Robert J. Sawyer, que es un escritor canadiense de ciencia ficción bastante reputado y también bastante controvertido.

Bastante reputado porque ha sido premiado con el Hugo en 2003 y bastante controvertido porque tiene algunos planteamientos que se acercan a las corrientes creacionistas, o al menos eso parece… también cabe la posibilidad de que simplemente se trate de una especie de provocación, aunque si fuese tal el caso, creo que el autor debería dejar clara su opinión. A mi particularmente, y este es el segundo libro que leo de este escritor, me da la impresión que Sawyer es un creacionista disfrazado y que va dejando caer su doctrina como el que no quiere la cosa. En este sentido he variado un poco mi opinión respecto al autor, ya que cuando leí “El cálculo de Dios” me decantaba más por la opción de que era un provocador. Ahora es que me parece excesivo para que cuele.

Al margen de lo dicho y aunque parezca contradictorio por mi parte, tengo que decir que la lectura de este libro me ha planteado situaciones interesantes sobre las que reflexionar. Imaginar la posibilidad de un universo paralelo donde los que se hubieran extinguido fueran los Homo sapiens y los que hubieran evolucionado fueran los Neanderthales y especular sobre como serían las relaciones entre seres de esos dos mundos que pudieran encontrarse es, cuanto menos, fascinante.

 


 

Vaya por delante a todo lo que sigue que me parece estupendo que cada cual desayune lo que le venga en gana, hasta ahí podríamos llegar o que venga Dios y lo vea (que diría cualquiera de mis dos abuelas).

Lo que me pone un poco (bastante) de los nervios es la falta de rigor en la exposición de teorías e hipótesis sobre presuntas propiedades de algunos productos (sobre todo alimenticios, pero no solo).

Ojo, no digo que el producto en cuestión no tenga propiedades… evidentemente todo objeto físico tiene propiedades (peso, densidad, color, olor, sabor, textura…), incluso algunos pueden tener propiedades terapéuticas. Lo que digo es que esto, en general, no se comprueba con rigor (usando el método científico). Con frecuencia se apela a “un reciente estudio de la Universidad de…”, estudio que nadie lee y que en el mejor de los casos se hace con precisión aceptable.

Vayamos a un ejemplo: se ha puesto de moda el ajo negro. Se trata de un ajo al que se le ha sometido a un proceso de envejecimiento controlado que lo priva de su característico sabor fuerte y lo convierte en un elemento estrella para que se luzcan los gourmets, cocineros de prestigio, o simples aficionados.

Se nos dice que es buenísimo contra el cáncer. O sea que puedo estar cinco años desayunando ajos negros y si al cabo de ese tiempo no me ha dado un cáncer, la responsabilidad es del ajo… o por el contrario: ¿hay experimentos con ratoncitos que respalden la aseveración?. Si los hay no digo nada, pero mira que lo dudo.

En todo caso, para que el tema cale, es necesario que el producto en cuestión cumpla dos condiciones: 1) Venir de Oriente (China, es el origen ideal) y 2) Tener un precio al menos cuatro veces superior al equivalente local (el ajo blanquito de toda la vida).

Vamos, que si te gusta el ajo negro y lo puedes pagar, pues adelante con el desayuno creativo, pero no disfracemos el tema de lo que no es.


 

He terminado de leer “El laberinto de las aceitunas” de Eduardo Mendoza, al que recientemente le ha sido concedido el premio Cervantes. También recibió, entre otros, el Planeta  por “Riña de gatos” en 2010.

Me he resultado distraído y divertido, pero confieso que en el transcurso de una trama un tanto delirante, he perdido el hilo con una cierta frecuencia. Quizás se haya debido a una falta de concentración por mi parte, pero me da la impresión que quedan cabos sueltos por todos los lados y al autor no le preocupa, más bien es lo que busca. De entrada el protagonista tiene su domicilio habitual en un manicomio, esto bien podría explicar mi confusión mental.

Hace tiempo leí “Sin noticias de Gurb” de este mismo autor y me produjo, creo recordar, una sensación similar: me reí bastante, pero no llegué al fondo del asunto… o es que puede que no haya fondo, ni asunto al que llegar.

Lo que si hay que decir es que está escrito con una verborrea y una riqueza de expresión que, puesta en boca del chiflado que hace de protagonista, resulta divertido, a la par que confuso, absurdo, disparatado y un tanto surrealista. En algún sitio he leído que Mendoza tiene un estilo cervantino, quizás por eso le han dado el Premio Cervantes en este año 2017.

Sin duda su lectura proporciona un rato agradable, además algún gafapastas podría hablarnos de cierta crítica social o cosas por el estilo, pero no seré yo quien lo haga.


 

Terminé de leer este libro hace unas pocas semanas. Di con él en su presentación en Cartagena, en la pasada semana de la novela histórica de esta ciudad.

No se trata, creo yo, de novela histórica propiamente dicha, en tanto no es la historia de un personaje histórico propiamente dicho… perdón por las sucesivas redundancias.

El autor, Fernando da Casa de Cantos, nos presenta la trama en la que un médico, con algo de Peter Pan en su personalidad, se ve envuelto en el esclarecimiento del posible asesinato del conservador de pintura italiana del Louvre, el cual le dice “in articulo mortis” que “la Gioconda es falsa…” y aquí arranca una trama endiablada con constantes giros de guión (en mi opinión demasiados), basados en el hecho real (este sí) que fue el robo del cuadro en 1911.

La narración está cuajada de guiños a diversas hechos y personajes, aunque creo que en ocasiones el autor fuerza demasiado, como en el caso del poemita dedicado al coño (con perdón) que no se a cuento de que viene… no se crea que es mojigatería por mi parte, más bien es que me parece que Fernando da Casa de Cantos dio con él en algún sitio (probablemente en Internet) y se dijo para sí: “esto lo calzo yo en la primera novela que escriba”.

En general se lee con agrado.


 

El próximo mes de octubre de 2017 se cumplirán los primeros veinte años de la National Geographic en español, editado por RBA desde Barcelona. Como dice una de las reseñas conmemorativas del número de este mes de mayo, el solo hecho de que una publicación periódica en papel perdure ese tiempo en los días que corren es de todo punto un éxito.

Hay quien dice que no le gustan los libros electrónicos, ni leer en cualquier clase de pantalla, poniéndose por regla general un poco románticos al decir que les gusta el tacto e incluso el olor del papel. Es cierto que hay encuadernaciones bellísimas, facsímiles de lujo y demás zarandajas, pero para mí lo realmente importante es el contenido, no el formato en que se nos presenta.

No estoy para nada en contra del papel, de hecho tengo todas las revistas de NG desde la primera de mayo de 1997 y las he leído (y releído en ocasiones), pero hay que reconocer que en un ebook (que pesa bien poquito) puedes llevar un montón de material a donde quieras y, como me gusta alternar unos temas con otros, para mi resulta perfecto.

Leer el National Geographic es para mi una especie de toma de contacto mensual con temas de interés como la neurociencia, los viajes, la investigación espacial y otros muchos. Generalmente profundiza lo suficiente como para descubrirte nuevas visiones del mundo, aunque creo que se le puede reprochar en ocasiones cierta equidistancia en temas escabrosos… está muy bien que se nos presenten los problemas desde todos los ángulos, pero hay cosas que son intolerables. ¡Vaya! me ha salido una expresión que suena un poco a moralina de baja estofa… no era mi intención.

Lo que si que no me voy a cortar de decir es que, así como la revista me encanta, los documentales de NG a veces no me convencen demasiado, son un poco repetitivos y en ocasiones tratan al espectador como si fuera bastante torpe de entendederas.


 

He terminado de leer “La hija de Cayetana” de Carmen Posadas. Ya he leído algún otro libro de esta autora y me gusta bastante, creo que se documenta muy bien y la parte que se inventa es absolutamente verosímil. Este es un punto importante en lo que se refiere a las novelas históricas: es evidente que no todos los perfiles que se desarrollan en una novela están en los libros de historia, pero es exigible al autor que al menos sean creíbles y respetuosos con el personaje.

En este caso el personaje es Cayetana de Alba, pero no la que murió hace poco, sino la de los cuadros de Goya, la del siglo XVIII… dizque bastante parecidas en campechanía y demás zarandajas que pueden permitirse los muy, muy ricos y los muy, muy grandes de España (o de cualquier otro lugar).

Bueno pues el libro nos presenta a una duquesa entre frívola y magnánima, que adopta una niña mulata y la educa como lo hubiera hecho con una hija propia, ante la estupefacción de los de su clase que no conciben una conducta tan extravagante.

En paralelo se nos relatan las vicisitudes de la verdadera madre de la niña, aprovechando esta circunstancia para mostrarnos una parte de la historia española un tanto desconocida como es la presencia de un gran número de esclavos en la península.

Especialmente entrañable resulta la imagen de don Fancho, que no es otro que Francisco de Goya, así como otros personajes como un “abogado de pobres” con ciertas pinceladas del liberalismo de la época, corriente ésta que desembocaría finalmente en la Constitución de 1812.

Además hay algunas curiosas referencias a la idea del buen salvaje de Rousseau, aunque no se si se define a favor o en contra.

Lo dicho: libro muy recomendable.


 

Erwin Schrödinger se ha hecho bastante famoso por su célebre gato, que a día de hoy, todavía no sabemos si esta vivo o muerto… es más, en un momento dado podría ser que estuviera urdiendo su penúltima resurrección para repetir el experimento una vez más.

Al margen del citado gato, que representa sin duda uno de esos felices hallazgos que casi nadie comprende pero que caen en gracia y son repetidos como meme de éxito, Schrödinger hizo otras cosas. Ahí está nada menos que la ecuación que lleva su nombre y que, desgraciadamente, es algo menos famosa que su gato. Según la Wikipedia, esta ecuación es a la mecánica cuántica lo que la segunda ley de Newton a la mecánica clásica.

Pues bien, al mencionado Schrödinger, le dio tiempo a hacer incursiones en la filosofía del pensamiento con escritos como “¿Qué es la vida?” o “Mente y materia”. Que ¿cómo alguien puede llegar a abarcar tanto?, pues es sencillo: además de ser un lince, probablemente madrugaba…

Hace poco leí “Mente y materia”, que fue editado en 1958, aunque parece que proviene de unas conferencias pronunciadas en 1956. Quiere esto decir que sus reflexiones tienen ya unos 60 años y, si bien algunos aspectos hayan podido matizarse a la luz de los descubrimientos realizados durante estos años, nos queda desde luego la sutileza del pensamiento de un científico que reflexiona sobre esa mente que nos distingue (o no tanto) del resto de los seres vivos.

Entresaco algún párrafo, en este caso en relación al lamarckismo, del cual seguramente se dudaba menos hace sesenta años que hoy en día: “Nada de lo que haga (un organismo) trasciende en la descendencia: las propiedades adquiridas no se heredan. Toda habilidad, todo aprendizaje, cualquier logro alcanzado, se pierde sin dejar rastro, muere con el individuo, no se transmite. Un ser inteligente pensará en este sentido que la Naturaleza rechaza su colaboración, que lo hace todo ella sola, condenando al individuo a la inactividad, al nihilismo.” Como se ve, nos trasmite una especie de melancolía de la que el mismo autor se da cuenta e identifica como un cierto “pesimismo” Darwiniano.

Sin embargo me voy a atrever a contradecir este pensamiento con la siguiente reflexión: cierto que cosas adquiridas, como la buena forma física o los conocimientos sobre cualquier asunto, no se pueden transmitir a la descendencia, pero si se puede pasar el testigo mediante la cultura, los escritos y el ejemplo.

 




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