Bueno voy con lo del papel de las instituciones en la riqueza y la pobreza de las naciones, tema que deje colgado en mi anterior post.

Siempre siguiendo en su análisis a Jared Diamond, vemos que los economistas se fijan más en este asunto de las instituciones que en lo de la geografía que ya comenté con anterioridad.

Jared nos habla en primer lugar del estudio que se puede hacer sobre países que comparten geografía, clima e incluso historia, aunque este último punto no siempre es común y aquí es donde pueden explicarse las diferencias. Podemos estudiar por ejemplo los casos de: Corea del Norte/Corea del Sur, Alemania del Este/Alemania del Oeste, Haití/República Dominicana. Comparten geografía, recursos naturales, clima… y sin embargo los resultados en cuanto a bienestar de sus ciudadanos son muy divergentes. Este tipo de investigación me recuerda a la que hacen los psicólogos, psiquiatras, genetistas, evolucionistas y demás especialistas que se me escapan, con los gemelos, idénticos o no, separados o no al nacer.

Diamond continua hablándonos de la importancia de ciertos factores relevantes en el desarrollo de los grupos humanos: ausencia de corrupción, protección de la propiedad privada, existencia de un estado de derecho, fiabilidad en el cumplimiento de los contratos, posibilidad de invertir nuestros excedentes, seguridad de los ciudadanos, aplicación justa de las leyes, control de la inflación, derecho a la educación, etc… Esta lista no ha sido elaborada por orden de importancia (sería mucho más difícil).

Así por ejemplo: si no hay un control de la inflación y a final de mes me sobra un 5% de mi salario, no estaré motivada a guardar para cuando no haya (como la hormiga), sino que como para dentro de un tiempo ese cinco por ciento valdrá poco o nada, pues me lo gasto hoy y que me quiten lo “bailao” (como la cigarra).

Otro ejemplo: si no hay una institución solvente que garantice el cumplimiento de los contratos, pues nadie se atreverá a hacer transacciones más allá del trueque a la vista: tu saco de melones por el mío de trigo, aquí y ahora.


 

Sigo leyendo “Sociedades comparadas” de Jared Diamond. En el capitulo 2 habla del papel que juegan las instituciones en cuanto al bienestar de los distintos países.

Me doy cuenta que he utilizado la palabra “bienestar” como eufemismo, vamos que me ha dado yuyu escribir “riqueza” que es lo que dice textualmente el libro. Supongo que esto es porque tal como están las cosas actualmente (al menos en mi país) si hablas de riqueza, de economía, de índices bursátiles o cosas así, poco más o menos que pasas a ser calificado de peligroso elemento “neocon” (en el caso de los chicos: polo de Lacoste y pelo engominado y en el de las chicas confieso que no se muy bien).

Creo que a quienes piensan de esta manera tan simplificadora les vendría muy bien leer este librito que estoy comentando porque se da el caso que algunos modernos reivindican el trueque frente al dinero convencional (es como más cool, aunque ser cool en mi opinión es bastante más convencional que lo que quieren representar estos modernos de los que hablo). Hay que darse cuenta que el trueque vale en sociedades muy simples, donde los intercambios son mínimos y el precio de los mismos es fácilmente ajustable por las partes (yo te ayudo con el tejado de tu granero y la semana que viene me echas una mano con la recogida de las ciruelas, por poner un ejemplo). Pero en sociedades más complejas en las que empieza a haber excedentes, el dinero es muy útil para facilitar las transacciones, otra cosa es el mal uso que se haga de él, pero la idea en principio es buena: en vez de tener que venir al mercado con mi cesta de patatas para ver si puedo cambiarlas por algo de carne, pues me sirvo de un elemento intermedio que además tiene un valor fijo, reconocido por todos.

Bueno me he enrollado bastante con esto del dinero y estoy llegando al límite de extensión que me he impuesto para mis post’s, así que en una próxima entrega seguiré con lo del papel de las instituciones. To be continued…


 

He terminado de leer “Un reino lejano” de Isabel San Sebastián. Se trata de una novela histórica ambientada en el siglo XIII. Comienza con la imprudencia de un muchacho noble en una batalla, que hace que él y su padre caigan presos de los sarracenos (oh! como me gusta esta palabra, tiene un sabor tan antiguo, tan decadente, tan de aventura estilo Salgari…), pasando luego a ser esclavos de los mongoles. A partir de ahí toda una serie de aventuras salpimentadas con la crueldad propia de la época y de las guerras de todas las épocas. Luego cosas de gremios de tejedores, de herreros, de comerciantes… mujeres bravas que defienden sus derechos en una época donde esto no era fácil (bueno, a fecha de hoy, sigue habiendo tarea pendiente en este tema).

La novela se lee con agrado, la evolución de los personajes es creíble y los datos históricos fidedignos… supongo, porque en las páginas finales hay una grandísima metedura de pata: el protagonista pretende comer tomates en su Sicilia natal en las postrimerías del siglo XIII. Que yo sepa el tomate llegó a Europa después del descubrimiento de America en 1492, así es que difícilmente.

Yo creía que esto lo sabía todo el mundo, pero ¿y si no?… había que comprobarlo y me metí en san Google bendito y allí encontré más cosas curiosas: por supuesto que el tomate es oriundo de América y no llegó a Europa hasta el siglo XVI pero ahora la polémica es si lo hizo por Sevilla o por otro puerto, que para el caso me da igual. Parece ser que ha habido quien ha jugado a introducir algún dato falso sobre este tema y comprobar como se multiplica en Internet la falsedad… hacen falta ganas de tontear en la red: ya sabemos que mucha gente se limita a cortar y pegar, pero lo importante es hacer contenidos de calidad y si alguien quiere copiar pues que Dios le confunda (esto último me ha quedado francamente medieval).

 


Zorros y erizos

10Jun17

 

Estoy leyendo un libro bastante gordo de economía: no se , no pierdo la esperanza de entender un poco de este tema… se trata del “La economía del bien común”, del francés Jean Tirole, que ganó el Nobel de Economía en 2014. Me gusta la frase que aparece en la portada, la transcribo: “¿Qué ha sido de la búsqueda del bien común? ¿En qué medida la economía puede contribuir a su realización?”.

Bueno pues leyendo como digo este libro, he encontrado una referencia a la teoría de “los zorros y los erizos” y me he apresurado a buscar que demonios era eso de lo que nunca hasta ahora había oído hablar. Pues bien, todo procede de un pequeño ensayo de Isaiah Berlin, publicado según creo allá por 1953, que clasifica a las personas en general en dos grupos: zorros y erizos.

Los zorros serían aquellos que brujulean un poco por todo sin entrar a fondo demasiado, en palabras textuales de Berlin: “persiguen muchos fines distintos, a menudo inconexos y hasta contradictorios”, con cierta tendencia a sostener “ideas centrífugas más que centrípetas”, mientras que los erizos serían aquellos que “lo relacionan todo con una única visión central”, fieles a “un principio universal y organizador que por si solo da significado a cuanto son y dicen”. Dicho con otras palabras: los zorros irían a por todas y los erizos tendrían una especie de idea única pero clara. Supongo que esto viene de como se comportan ambos animalejos en la naturaleza: el zorro husmea va de aquí para allá, caza y hasta diríamos que se lo pasa bien, mientras que el erizo está tranquilito, comiendo sin molestar a nadie, y solo cuando es agredido se hace una bola y gracias a sus pinchos se salva del ataque… no se por qué pero observo un cierto maniqueísmo como el de la cigarra y la hormiga..

Luego Berlin se pasa el resto del ensayo asignando papeles de erizo o de zorro a determinados personajes históricos, haciendo particular hincapié en el caso de Tolstoi (esta parte del ensayo me interesa bastante menos).

Yo creo que todos deberíamos esforzarnos por desarrollar ambas familias de virtudes, porque tan necesaria es la curiosidad por todo lo que se nos ponga a tiro, como la capacidad de trabajo para profundizar en los temas… lo dicho que lo mejor sería ser un “erizorro” o un “zorrerizo”.


 

El pasado 30 de mayo estuve en la presentación del libro “El lado oscuro de la tierra” de Félix Ballesteros Rivas, que se celebró en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Pozuelo de Alarcón (Madrid).

Félix, al que conozco desde hace tiempo y es un buen amigo, ha escrito y publicado ya varios libros. Por citar sólo algunos: una trilogía sobre delitos informáticos, cuya primera entrega ya comenté hace algún tiempo, “El hijo del hombre” por el que recibió el Premio Andrómeda, (también comentado en otro post) y “Grandes desastres tecnológicos”, que es una revisión exhaustiva del por qué de algunas tragedias como pudo ser Chernóbil (escrito este en colaboración con Koldovica Gotxone).

Félix sabe mucho de ciencia ficción, aunque según me dijo el mismo, éste que comento hoy, no es ciencia ficción, sino un libro sobre un futuro hipotético.

El argumento inicial es que una llamarada solar particularmente intensa alcanza la tierra y como consecuencia falla la electricidad en todo el mundo. A partir de ahí, varias tramas paralelas nos van mostrando como se comportan los personajes ante las sucesivas desgracias que se abaten sobre nuestra civilización… sin electricidad deja de funcionar prácticamente todo… De hecho en la portada podemos leer la siguiente frase: “Nadie parecía ser consciente de que faltaba menos de media hora para el fin del mundo”.

Yo creo que “El lado oscuro…” es un libro sobre la condición humana: sobre lo que seríamos capaces de hacer los seres humanos, puestos en una situación límite.

Por último, decir que no es fácil acabar una novela (o una película), a veces tenemos la sensación que el escritor no sabe donde dejarlo… en este caso el final es bastante redondo, con un puntillo de sorpresa y un dejarte algo a la imaginación.


 

Hace tiempo leí un libro titulado “Sociedades comparadas” de Jared Diamond. En la portada reza “Un pequeño libro sobre grandes temas” y es cierto tiene apenas siete capítulos dedicados cada uno de ellos a un tema de importancia, al menos en mi opinión. He releído el primero que se titula “Por qué unos países son ricos y otros pobres: el papel de la geografía”.

Es curioso porque siempre que se habla de estos temas el enteradillo de turno afirma con total aplomo que los países pobres son pobres porque los países ricos los han esquilmado. Y aunque esto es cierto, quiero decir lo del expolio, que los europeos hemos ido arrasando (no lo niego), creo que esta no es la explicación.

En primer lugar la riqueza no es un juego de suma cero: esto quiere decir que no necesariamente si yo tengo comida y un hogar donde refugiarme del frío, necesariamente otro ser humano tenga que pasar hambre y dormir a la intemperie. Si es cierto, sin duda, que si un político se corrompe y mete la mano en la caja, ese dinero no irá a hacer carreteras o escuelas, pero no es el caso de lo que trato de explicar. Seguramente, y así lo afirman algunos entendidos, hay recursos para que todos podamos vivir dignamente, lo que falla es no ya el reparto (que también), sino más bien el acceso a las oportunidades y sobre todo a la educación.

Bueno pues Jared Diamond nos razona en este libro que la causa, o una de las causas fundamentales es la situación geográfica: los países ricos siempre están situados en las zonas templadas del globo. Parecería que en los trópicos, y más aún en el ecuador, el clima  debería favorecer una agricultura rica con posibilidad de más de una cosecha al año. Pero esto se demuestra que no es así, al contrario en estas latitudes los suelos suelen ser más pobres (menos profundos) que en las zonas templadas del globo. Y esto lo atribuye Diamond al hecho de que éstas sufrieron repetidas glaciaciones que configuraron terrenos profundos y ricos (el autor cita el valle del Po como ejemplo, aunque evidentemente hay muchos otros).

El libro parece el fruto de una tesis o un estudio universitario, pero esto no le resta atractivo en absoluto… seguiremos informando.


 

He leído “El Gen. Una historia personal” de Siddhartha Mukherjee. Mukherjee vive y trabaja en Nueva York: es oncólogo y profesor universitario. Después de ganar un Pulitzer en 2011 por “El emperador de todos los males”, ahora nos introduce en el mundo de la genética, pasando revista a todos los avatares históricos de esta disciplina, desde los comienzos hasta la actualidad.

El libro tiene como subtítulo “Una historia personal” y es que el autor utiliza como hilo conductor la propia historia de su familia, con varios casos de enfermedades metales. Supongo que con esto pretende hacer mas digerible un tema arduo como lo es la genética, dandole un toque más humano. En mi opinión, este aspecto personal es lo menos interesante del libro: no hace demasiada falta y si te va a resultar dura la lectura, creo la descripción de los males de sus parientes no va a mejorar tu percepción.

Por dar alguna pincelada de lo que más me ha llamado la atención: en primer lugar el siempre desconocido y relegado Mendel. Creo que es necesario reivindicar al pobre fraile con sus guisantes (verdes lisos o amarillos rugosos… o ¿era al revés?). Sentó las bases de las leyes de la herencia y casi nadie se acuerda (si lo hace Mukherjee en el libro que nos ocupa).

Otra pincelada: la Conferencia de Asilomar, que ya en 1975 nos muestra como la comunidad científica es consciente de la posible peligrosidad de algunos avances y como ella misma es capaz de autorregularse.

El libro es denso y exhaustivo. Es interesante destacar que no rehuye contar los casos en que los científicos metieron la pata por aplicar ciertas terapias con resultados nefastos o temas escabrosos como el de la eugenesia.




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