Comenté hace poco que estaba leyendo este libro y acabo de terminar una primera lectura. Digo lo de primera lectura porque “Antifragilidad”, de Nassim Nicholas Taleb, es uno de esos libros que  al cerrarlos por su última página te deja esa sensación de que no lo has entendido todo y que, si tuvieras tiempo (ese escasísimo bien que dilapidamos a diario), deberías desmenuzarlo más concienzudamente.

Transcribo el último párrafo: “El mejor modo de verificar que uno está vivo es comprobando si le gustan las variaciones. Recuerden que la comida no tendría sabor si no existiera el hambre; los resultados carecen de sentido sin esfuerzo, igual que carece de sentido la alegría sin la tristeza, o las convicciones sin la incertidumbre. Y una vida ética no es tal cuando se ve despojada de riesgos personales.”

Me parece que Taleb, en este breve párrafo ha destilado magistralmente el contenido de su libro y me permito parafrasearlo solo un poco: ¿Nos paramos cada día a comprobar si estamos vivos? Para ello deberíamos analizar hasta que punto estamos dispuestos a recrearnos en las variaciones, a asumir riesgos, que no quiere decir tirarse haciendo puenting para que nos suba un poco la adrenalina, sino contemplar las cosas desde otro ángulo, buscar nuevas perspectivas que nos enriquezcan. Disfrutar de una comida sana, reconociendo la suerte de no pasar hambre (me refiero a ese hambre que no es la de antes de comer sino la de no tener nada que comer). Apreciar tanto más los resultados, cuanto son fruto del esfuerzo (aunque que bien estaría adelgazar sin pasar hambre). Sentir la alegría de superar las cosas que nos producen tristeza: quien no lo ha pasado mal alguna vez… que hasta los ricos lloran de vez en cuando… pero sabiendo reconocer las cosas buenas de la vida. No ser dogmáticos, que las convicciones solo surgen si somos capaces de reconocer nuestras debilidades y, en fin, que una “vida ética” implica asumir “riesgos personales”… y esto lo dice un tipo que se dedica al análisis de riesgos..

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Antifragilidad

31Ago17

 

Estoy leyendo “Antifrágil” de Nassim Nicholas Taleb, autor del que ya comenté aquí y aquí sobre su emblemático libro “El cisne negro”.

Continúa Taleb profundizando en sus creativas interpretaciones de los sucesos poco probables pero de gran impacto (los cisnes negros). A veces puede parecer que calificar una idea o una interpretación de unos hechos de “creativa” puede tener algo de ironía, algo así como un sinónimo de disparatado, pero no es el caso en absoluto. Lo que ocurre con este ensayista, financiero, matemático y no se cuantas cosas más, es que practica lo que se ha dado en llamar “pensamiento lateral”, o dicho de otro modo: cuando miras un cilindro desde arriba te parece simplemente un círculo, pero si te desplazas un poco hacia un lado, descubres que tiene profundidad (vamos que es un cilindro).

Por este tipo de cosas, Taleb es calificado de “antigurú”, lo que en mi opinión dice muy poco de los “gurús”, porque si lo que le distingue de estos es que es capaz de ver con más claridad las verdaderas implicaciones de los hechos, o su verdadera naturaleza, apañados estaremos fiándonos de los “gurús” (esto ya me lo suponía yo).

En este libro que comento hoy, Taleb nos habla de las cosas frágiles que son aquellas sensibles a los impactos negativos, las robustas que serían aquellas que ante uno de dichos impactos negativos no sufren y las cosas antifrágiles que serían aquellas que aprovechan la adversidad para salir reforzadas. De hecho en la portada del libro reza: “Las cosas que se benefician del desorden”.

Después de haber leído buena parte del libro (como un 70%), me resulta difícil encontrar ejemplos de antifragilidad. Debe ser porque es menos común que la fragilidad o incluso que la robustez. Quizás podría ser el caso de alguien que no pudo entrar en la facultad de medicina por no darle la nota, se fue a bellas artes y descubrió su verdadera vocación. O también aquellas personas que después de superar una grave enfermedad, consiguen sacarle un nuevo jugo a su existencia… ¡deberíamos ser capaces de disfrutar de la vida sin necesidad de haber pasado experiencias traumáticas!

El libro, desde luego, da para mucho más que esta pequeña reseña, así es que probablemente retome el tema en sucesivos post’s.


 

Bueno voy con lo del papel de las instituciones en la riqueza y la pobreza de las naciones, tema que deje colgado en mi anterior post.

Siempre siguiendo en su análisis a Jared Diamond, vemos que los economistas se fijan más en este asunto de las instituciones que en lo de la geografía que ya comenté con anterioridad.

Jared nos habla en primer lugar del estudio que se puede hacer sobre países que comparten geografía, clima e incluso historia, aunque este último punto no siempre es común y aquí es donde pueden explicarse las diferencias. Podemos estudiar por ejemplo los casos de: Corea del Norte/Corea del Sur, Alemania del Este/Alemania del Oeste, Haití/República Dominicana. Comparten geografía, recursos naturales, clima… y sin embargo los resultados en cuanto a bienestar de sus ciudadanos son muy divergentes. Este tipo de investigación me recuerda a la que hacen los psicólogos, psiquiatras, genetistas, evolucionistas y demás especialistas que se me escapan, con los gemelos, idénticos o no, separados o no al nacer.

Diamond continua hablándonos de la importancia de ciertos factores relevantes en el desarrollo de los grupos humanos: ausencia de corrupción, protección de la propiedad privada, existencia de un estado de derecho, fiabilidad en el cumplimiento de los contratos, posibilidad de invertir nuestros excedentes, seguridad de los ciudadanos, aplicación justa de las leyes, control de la inflación, derecho a la educación, etc… Esta lista no ha sido elaborada por orden de importancia (sería mucho más difícil).

Así por ejemplo: si no hay un control de la inflación y a final de mes me sobra un 5% de mi salario, no estaré motivada a guardar para cuando no haya (como la hormiga), sino que como para dentro de un tiempo ese cinco por ciento valdrá poco o nada, pues me lo gasto hoy y que me quiten lo “bailao” (como la cigarra).

Otro ejemplo: si no hay una institución solvente que garantice el cumplimiento de los contratos, pues nadie se atreverá a hacer transacciones más allá del trueque a la vista: tu saco de melones por el mío de trigo, aquí y ahora.


 

Sigo leyendo “Sociedades comparadas” de Jared Diamond. En el capitulo 2 habla del papel que juegan las instituciones en cuanto al bienestar de los distintos países.

Me doy cuenta que he utilizado la palabra “bienestar” como eufemismo, vamos que me ha dado yuyu escribir “riqueza” que es lo que dice textualmente el libro. Supongo que esto es porque tal como están las cosas actualmente (al menos en mi país) si hablas de riqueza, de economía, de índices bursátiles o cosas así, poco más o menos que pasas a ser calificado de peligroso elemento “neocon” (en el caso de los chicos: polo de Lacoste y pelo engominado y en el de las chicas confieso que no se muy bien).

Creo que a quienes piensan de esta manera tan simplificadora les vendría muy bien leer este librito que estoy comentando porque se da el caso que algunos modernos reivindican el trueque frente al dinero convencional (es como más cool, aunque ser cool en mi opinión es bastante más convencional que lo que quieren representar estos modernos de los que hablo). Hay que darse cuenta que el trueque vale en sociedades muy simples, donde los intercambios son mínimos y el precio de los mismos es fácilmente ajustable por las partes (yo te ayudo con el tejado de tu granero y la semana que viene me echas una mano con la recogida de las ciruelas, por poner un ejemplo). Pero en sociedades más complejas en las que empieza a haber excedentes, el dinero es muy útil para facilitar las transacciones, otra cosa es el mal uso que se haga de él, pero la idea en principio es buena: en vez de tener que venir al mercado con mi cesta de patatas para ver si puedo cambiarlas por algo de carne, pues me sirvo de un elemento intermedio que además tiene un valor fijo, reconocido por todos.

Bueno me he enrollado bastante con esto del dinero y estoy llegando al límite de extensión que me he impuesto para mis post’s, así que en una próxima entrega seguiré con lo del papel de las instituciones. To be continued…


 

He terminado de leer “Un reino lejano” de Isabel San Sebastián. Se trata de una novela histórica ambientada en el siglo XIII. Comienza con la imprudencia de un muchacho noble en una batalla, que hace que él y su padre caigan presos de los sarracenos (oh! como me gusta esta palabra, tiene un sabor tan antiguo, tan decadente, tan de aventura estilo Salgari…), pasando luego a ser esclavos de los mongoles. A partir de ahí toda una serie de aventuras salpimentadas con la crueldad propia de la época y de las guerras de todas las épocas. Luego cosas de gremios de tejedores, de herreros, de comerciantes… mujeres bravas que defienden sus derechos en una época donde esto no era fácil (bueno, a fecha de hoy, sigue habiendo tarea pendiente en este tema).

La novela se lee con agrado, la evolución de los personajes es creíble y los datos históricos fidedignos… supongo, porque en las páginas finales hay una grandísima metedura de pata: el protagonista pretende comer tomates en su Sicilia natal en las postrimerías del siglo XIII. Que yo sepa el tomate llegó a Europa después del descubrimiento de America en 1492, así es que difícilmente.

Yo creía que esto lo sabía todo el mundo, pero ¿y si no?… había que comprobarlo y me metí en san Google bendito y allí encontré más cosas curiosas: por supuesto que el tomate es oriundo de América y no llegó a Europa hasta el siglo XVI pero ahora la polémica es si lo hizo por Sevilla o por otro puerto, que para el caso me da igual. Parece ser que ha habido quien ha jugado a introducir algún dato falso sobre este tema y comprobar como se multiplica en Internet la falsedad… hacen falta ganas de tontear en la red: ya sabemos que mucha gente se limita a cortar y pegar, pero lo importante es hacer contenidos de calidad y si alguien quiere copiar pues que Dios le confunda (esto último me ha quedado francamente medieval).

 


Zorros y erizos

10Jun17

 

Estoy leyendo un libro bastante gordo de economía: no se , no pierdo la esperanza de entender un poco de este tema… se trata del “La economía del bien común”, del francés Jean Tirole, que ganó el Nobel de Economía en 2014. Me gusta la frase que aparece en la portada, la transcribo: “¿Qué ha sido de la búsqueda del bien común? ¿En qué medida la economía puede contribuir a su realización?”.

Bueno pues leyendo como digo este libro, he encontrado una referencia a la teoría de “los zorros y los erizos” y me he apresurado a buscar que demonios era eso de lo que nunca hasta ahora había oído hablar. Pues bien, todo procede de un pequeño ensayo de Isaiah Berlin, publicado según creo allá por 1953, que clasifica a las personas en general en dos grupos: zorros y erizos.

Los zorros serían aquellos que brujulean un poco por todo sin entrar a fondo demasiado, en palabras textuales de Berlin: “persiguen muchos fines distintos, a menudo inconexos y hasta contradictorios”, con cierta tendencia a sostener “ideas centrífugas más que centrípetas”, mientras que los erizos serían aquellos que “lo relacionan todo con una única visión central”, fieles a “un principio universal y organizador que por si solo da significado a cuanto son y dicen”. Dicho con otras palabras: los zorros irían a por todas y los erizos tendrían una especie de idea única pero clara. Supongo que esto viene de como se comportan ambos animalejos en la naturaleza: el zorro husmea va de aquí para allá, caza y hasta diríamos que se lo pasa bien, mientras que el erizo está tranquilito, comiendo sin molestar a nadie, y solo cuando es agredido se hace una bola y gracias a sus pinchos se salva del ataque… no se por qué pero observo un cierto maniqueísmo como el de la cigarra y la hormiga..

Luego Berlin se pasa el resto del ensayo asignando papeles de erizo o de zorro a determinados personajes históricos, haciendo particular hincapié en el caso de Tolstoi (esta parte del ensayo me interesa bastante menos).

Yo creo que todos deberíamos esforzarnos por desarrollar ambas familias de virtudes, porque tan necesaria es la curiosidad por todo lo que se nos ponga a tiro, como la capacidad de trabajo para profundizar en los temas… lo dicho que lo mejor sería ser un “erizorro” o un “zorrerizo”.


 

El pasado 30 de mayo estuve en la presentación del libro “El lado oscuro de la tierra” de Félix Ballesteros Rivas, que se celebró en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Pozuelo de Alarcón (Madrid).

Félix, al que conozco desde hace tiempo y es un buen amigo, ha escrito y publicado ya varios libros. Por citar sólo algunos: una trilogía sobre delitos informáticos, cuya primera entrega ya comenté hace algún tiempo, “El hijo del hombre” por el que recibió el Premio Andrómeda, (también comentado en otro post) y “Grandes desastres tecnológicos”, que es una revisión exhaustiva del por qué de algunas tragedias como pudo ser Chernóbil (escrito este en colaboración con Koldovica Gotxone).

Félix sabe mucho de ciencia ficción, aunque según me dijo el mismo, éste que comento hoy, no es ciencia ficción, sino un libro sobre un futuro hipotético.

El argumento inicial es que una llamarada solar particularmente intensa alcanza la tierra y como consecuencia falla la electricidad en todo el mundo. A partir de ahí, varias tramas paralelas nos van mostrando como se comportan los personajes ante las sucesivas desgracias que se abaten sobre nuestra civilización… sin electricidad deja de funcionar prácticamente todo… De hecho en la portada podemos leer la siguiente frase: “Nadie parecía ser consciente de que faltaba menos de media hora para el fin del mundo”.

Yo creo que “El lado oscuro…” es un libro sobre la condición humana: sobre lo que seríamos capaces de hacer los seres humanos, puestos en una situación límite.

Por último, decir que no es fácil acabar una novela (o una película), a veces tenemos la sensación que el escritor no sabe donde dejarlo… en este caso el final es bastante redondo, con un puntillo de sorpresa y un dejarte algo a la imaginación.




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