El Señor

Después de un montón de tiempo sin escribir aquí , retomo la tarea. La verdad es que no se por qué he dejado pasar tanto tiempo, debe ser que los hábitos se crean con dificultad y, por contra, se pierden en cuanto te descuidas… trataré de enmendarme.

Leí hace poco un relato corto de Leopoldo Alas Clarín titulado “El Señor”.

No creo que aporte demasiado decir que es una delicia leer algo bien escrito, pero aún así me puede la necesidad de reiterar esa realidad. Ahora todo el mundo escribe, aquí estoy yo sin ir más lejos. Lo que pasa es que no todo es calidad y hablo de cosas publicadas por editoriales serias y con firmas reconocidas… y hay veces que dan ganas de llorar, sobre todo en el género de la “Autoayuda”, por el que siento una especie de debilidad rayana en el fetichismo… tendré que hacérmelo mirar.

Bueno pues leyendo este relato he disfrutado de la buena literatura. Esto por lo que se refiere a la forma. Sin embargo tengo que decir qué en lo que se refiere al fondo, al contenido, al mensaje, me ha resultado ajeno y lejano.

Es la historia de un sacerdote enamorado platónicamente de una muchacha. Clarín describe las fases por las que el sujeto en cuestión va pasando y construye un desenlace creíble según los parámetros de la época. Con nuestras varas de medir actuales, probablemente la trama habría tenido otro final. Creo que es por eso por lo que me ha resultado indescriptiblemente antiguo.

En el libro donde lo he leído (Colección clásicos de siempre, M.E. Editores 1994), hay un prólogo de Rosario de la Iglesia que nos sitúa magníficamente

 


 

Leo en “El optimista racional” de Matt Ridley: “Cuando Charles Townes inventó el láser en los cincuenta, fue desdeñado como «un invento en busca de trabajo». Bueno, pues ahora ha encontrado una impresionante gama de trabajos que nadie pudo haber imaginado, desde enviar mensajes telefónicos a través de cables de fibra de vidrio hasta leer música de discos, imprimir documentos o corregir defectos de visión.”

Cuantas palabras no se habrán tenido que tragar los creadores de opinión y cuantas no se habrán de tragar en el futuro, porque es que realmente no aprenden. Así por ejemplo, creo que fue el director de IBM en su día dijo que en el mundo había solo hueco para unos pocos ordenadores. Otra lumbrera (no recuerdo quien, pero creo que tenía que ver con el mundo de las patentes) dijo a finales del XIX que todo estaba inventado, al menos lo relevante.

Por otra parte, muchas de las previsiones sobre el futuro hechas a mediados del siglo XX, no se han cumplido en absoluto y otras (como Internet, por ejemplo) ni las olieron.

Para cuando una reflexión sobre la soberbia de nuestras percepciones y la necesidad (en demasiados casos) de entonar un mea culpa e incluso rectificar. Los comentaristas políticos, por ejemplo, hacen muchas predicciones que muchas veces (la mayoría) no se cumplen en absoluto y pocas veces se les oye después decir “yo dije tal y cual y me equivoqué”. Por  no decir de los economistas: no ven venir las crisis, nos alertan acerca de cosas que jamás ocurrirán y sobre todo, jamás rectifican.


 

Ayer me leí (de un tirón prácticamente) “Música para feos” de Lorenzo Silva. Me gusta mucho este autor, he leído toda su saga de Bevilacqua y Chamorro, uno de ellos premiado con un Planeta y otro con un Nadal.

No se como se puede comentar “Música para feos” sin incurrir gravemente en delito de destripamiento de la trama (o spoiler, como todos decimos ahora), así es que me temo que no puedo decir más que es una maravilla leer algo bien escrito, con buenas formas estilísticas y con una trama con interés, bien desarrollada y con unos tiempos bien medidos.

Soy consciente de que esto de “los tiempos bien medidos” me ha quedado un pelín pedante (o gafapastas, en lenguaje coloquial), pero es que a veces los escritores se deleitan en estirar o contraer el tiempo de la novela a su gusto. Esto es perfectamente legítimo, no lo cuestiono, pero a veces se pasan un poco y después de explayarse con una descripción a cámara lenta de un pequeño detalle casi anecdótico, dan luego un salto de veinte o treinta años con la destreza de un plusmarquista mundial, haciendo todo lo más una breve referencia, que parece que les entra la prisa por acabar o porque no les salga un tocho excesivamente gordo. En este caso, por el contrario, me parece que Silva lo borda, lo del ritmo quiero decir.

Importante prestar atención a la banda sonora que acompaña al libro.

Y por último, no me resisto a hacer un comentario que podría ser calificado de feminista. Sorprende lo bien que se mete el autor en la forma de ver las cosas de una mujer, aunque por supuesto maneras de ser hay casi infinitas (probablemente tantas como personas), hay un algo en el pensamiento femenino que no siempre capta alguien del otro sexo y viceversa.

Por poner una pega: el título no me parece especialmente afortunado.


 

Comenté hace poco que estaba leyendo este libro y acabo de terminar una primera lectura. Digo lo de primera lectura porque “Antifragilidad”, de Nassim Nicholas Taleb, es uno de esos libros que  al cerrarlos por su última página te deja esa sensación de que no lo has entendido todo y que, si tuvieras tiempo (ese escasísimo bien que dilapidamos a diario), deberías desmenuzarlo más concienzudamente.

Transcribo el último párrafo: “El mejor modo de verificar que uno está vivo es comprobando si le gustan las variaciones. Recuerden que la comida no tendría sabor si no existiera el hambre; los resultados carecen de sentido sin esfuerzo, igual que carece de sentido la alegría sin la tristeza, o las convicciones sin la incertidumbre. Y una vida ética no es tal cuando se ve despojada de riesgos personales.”

Me parece que Taleb, en este breve párrafo ha destilado magistralmente el contenido de su libro y me permito parafrasearlo solo un poco: ¿Nos paramos cada día a comprobar si estamos vivos? Para ello deberíamos analizar hasta que punto estamos dispuestos a recrearnos en las variaciones, a asumir riesgos, que no quiere decir tirarse haciendo puenting para que nos suba un poco la adrenalina, sino contemplar las cosas desde otro ángulo, buscar nuevas perspectivas que nos enriquezcan. Disfrutar de una comida sana, reconociendo la suerte de no pasar hambre (me refiero a ese hambre que no es la de antes de comer sino la de no tener nada que comer). Apreciar tanto más los resultados, cuanto son fruto del esfuerzo (aunque que bien estaría adelgazar sin pasar hambre). Sentir la alegría de superar las cosas que nos producen tristeza: quien no lo ha pasado mal alguna vez… que hasta los ricos lloran de vez en cuando… pero sabiendo reconocer las cosas buenas de la vida. No ser dogmáticos, que las convicciones solo surgen si somos capaces de reconocer nuestras debilidades y, en fin, que una “vida ética” implica asumir “riesgos personales”… y esto lo dice un tipo que se dedica al análisis de riesgos..


Antifragilidad

31Ago17

 

Estoy leyendo “Antifrágil” de Nassim Nicholas Taleb, autor del que ya comenté aquí y aquí sobre su emblemático libro “El cisne negro”.

Continúa Taleb profundizando en sus creativas interpretaciones de los sucesos poco probables pero de gran impacto (los cisnes negros). A veces puede parecer que calificar una idea o una interpretación de unos hechos de “creativa” puede tener algo de ironía, algo así como un sinónimo de disparatado, pero no es el caso en absoluto. Lo que ocurre con este ensayista, financiero, matemático y no se cuantas cosas más, es que practica lo que se ha dado en llamar “pensamiento lateral”, o dicho de otro modo: cuando miras un cilindro desde arriba te parece simplemente un círculo, pero si te desplazas un poco hacia un lado, descubres que tiene profundidad (vamos que es un cilindro).

Por este tipo de cosas, Taleb es calificado de “antigurú”, lo que en mi opinión dice muy poco de los “gurús”, porque si lo que le distingue de estos es que es capaz de ver con más claridad las verdaderas implicaciones de los hechos, o su verdadera naturaleza, apañados estaremos fiándonos de los “gurús” (esto ya me lo suponía yo).

En este libro que comento hoy, Taleb nos habla de las cosas frágiles que son aquellas sensibles a los impactos negativos, las robustas que serían aquellas que ante uno de dichos impactos negativos no sufren y las cosas antifrágiles que serían aquellas que aprovechan la adversidad para salir reforzadas. De hecho en la portada del libro reza: “Las cosas que se benefician del desorden”.

Después de haber leído buena parte del libro (como un 70%), me resulta difícil encontrar ejemplos de antifragilidad. Debe ser porque es menos común que la fragilidad o incluso que la robustez. Quizás podría ser el caso de alguien que no pudo entrar en la facultad de medicina por no darle la nota, se fue a bellas artes y descubrió su verdadera vocación. O también aquellas personas que después de superar una grave enfermedad, consiguen sacarle un nuevo jugo a su existencia… ¡deberíamos ser capaces de disfrutar de la vida sin necesidad de haber pasado experiencias traumáticas!

El libro, desde luego, da para mucho más que esta pequeña reseña, así es que probablemente retome el tema en sucesivos post’s.


 

Bueno voy con lo del papel de las instituciones en la riqueza y la pobreza de las naciones, tema que deje colgado en mi anterior post.

Siempre siguiendo en su análisis a Jared Diamond, vemos que los economistas se fijan más en este asunto de las instituciones que en lo de la geografía que ya comenté con anterioridad.

Jared nos habla en primer lugar del estudio que se puede hacer sobre países que comparten geografía, clima e incluso historia, aunque este último punto no siempre es común y aquí es donde pueden explicarse las diferencias. Podemos estudiar por ejemplo los casos de: Corea del Norte/Corea del Sur, Alemania del Este/Alemania del Oeste, Haití/República Dominicana. Comparten geografía, recursos naturales, clima… y sin embargo los resultados en cuanto a bienestar de sus ciudadanos son muy divergentes. Este tipo de investigación me recuerda a la que hacen los psicólogos, psiquiatras, genetistas, evolucionistas y demás especialistas que se me escapan, con los gemelos, idénticos o no, separados o no al nacer.

Diamond continua hablándonos de la importancia de ciertos factores relevantes en el desarrollo de los grupos humanos: ausencia de corrupción, protección de la propiedad privada, existencia de un estado de derecho, fiabilidad en el cumplimiento de los contratos, posibilidad de invertir nuestros excedentes, seguridad de los ciudadanos, aplicación justa de las leyes, control de la inflación, derecho a la educación, etc… Esta lista no ha sido elaborada por orden de importancia (sería mucho más difícil).

Así por ejemplo: si no hay un control de la inflación y a final de mes me sobra un 5% de mi salario, no estaré motivada a guardar para cuando no haya (como la hormiga), sino que como para dentro de un tiempo ese cinco por ciento valdrá poco o nada, pues me lo gasto hoy y que me quiten lo “bailao” (como la cigarra).

Otro ejemplo: si no hay una institución solvente que garantice el cumplimiento de los contratos, pues nadie se atreverá a hacer transacciones más allá del trueque a la vista: tu saco de melones por el mío de trigo, aquí y ahora.


 

Sigo leyendo “Sociedades comparadas” de Jared Diamond. En el capitulo 2 habla del papel que juegan las instituciones en cuanto al bienestar de los distintos países.

Me doy cuenta que he utilizado la palabra “bienestar” como eufemismo, vamos que me ha dado yuyu escribir “riqueza” que es lo que dice textualmente el libro. Supongo que esto es porque tal como están las cosas actualmente (al menos en mi país) si hablas de riqueza, de economía, de índices bursátiles o cosas así, poco más o menos que pasas a ser calificado de peligroso elemento “neocon” (en el caso de los chicos: polo de Lacoste y pelo engominado y en el de las chicas confieso que no se muy bien).

Creo que a quienes piensan de esta manera tan simplificadora les vendría muy bien leer este librito que estoy comentando porque se da el caso que algunos modernos reivindican el trueque frente al dinero convencional (es como más cool, aunque ser cool en mi opinión es bastante más convencional que lo que quieren representar estos modernos de los que hablo). Hay que darse cuenta que el trueque vale en sociedades muy simples, donde los intercambios son mínimos y el precio de los mismos es fácilmente ajustable por las partes (yo te ayudo con el tejado de tu granero y la semana que viene me echas una mano con la recogida de las ciruelas, por poner un ejemplo). Pero en sociedades más complejas en las que empieza a haber excedentes, el dinero es muy útil para facilitar las transacciones, otra cosa es el mal uso que se haga de él, pero la idea en principio es buena: en vez de tener que venir al mercado con mi cesta de patatas para ver si puedo cambiarlas por algo de carne, pues me sirvo de un elemento intermedio que además tiene un valor fijo, reconocido por todos.

Bueno me he enrollado bastante con esto del dinero y estoy llegando al límite de extensión que me he impuesto para mis post’s, así que en una próxima entrega seguiré con lo del papel de las instituciones. To be continued…




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